“A estos pueblos sobrevino la destrucción del paisaje, ¿quién le hizo a la tierra ultraje?, ¿quién financio el destino?, el progreso solo vino como bestia que no entienda que la tierra no se vende, que no es mercancía vulgar, Huitzi es un santo lugar que se ama y se defiende”
Fragmento del documental Nt´Eni (El Juego) de Carlos Hernández Dávila
En la sierra de las Cruces, entre las ciudades de México y Toluca, desde hace más de cien años, un pueblo otomí mantiene una tradición: una fiesta patronal que concluye con un carnaval en el que los pobladores piden buenas lluvias para la época de siembra, y agradecen los frutos de la cosecha pasada.
En el carnaval de San Lorenzo Huitzizilapan confluyen el pasado y el presente; los trajes, cantos y ritos ancestrales se funden con lo moderno. Aunque para los turistas lo más atractivo es la quema de toritos monumentales, la tradición oculta lo más significativo para los pobladores del también llamado bosque de agua: la unión de sus integrantes.
“Normalmente todas las comunidades participan, es lo que nos hace estar ligados a nuestros usos y costumbres” dice, Juan, un poblador de San Lorenzo Huitzizilapan.
Son alrededor de 45 las cuadrillas, grupos de vecinos, familiares o amigos, que se organizan para la preparación de la comida, bebida, bailes, disfraces y juegos pirotécnicos que serán usados durante el carnaval. “Inicialmente era sábado,
domingo y martes, ahora hay un precarnaval, una semana antes, hay un descanso y se reinicia jueves, viernes, sábado,
domingo y martes, para recibir el miércoles de ceniza…” continúa Juan.
A la iglesia de San Lorenzo Huitzizilapan, arriban, desde temprano el domingo, las cuadrillas de 30 hasta más de 100 personas, quienes sin dejar de danzar por un minuto esperan su turno para entrar a lo que asemeja un ruedo en el que se desarrolla un espectáculo de colores.
Al mismo tiempo, la banda dispone el baile; a un costado del ruedo detoros monumentales, los músicos dan ritmo a la fiesta, los danzantes levantan el polvo haciendo un espectáculo memorable. Llega la tarde y la noche, en la explanada principal de la iglesia suena rock urbano, pese a la magnitud del carnaval este sigue siendo un evento 100 por ciento familiar
En las periferias, las cuadrillas organizan comidas para sus integrantes, más a lo lejos otro baile, los juegos mecánicos, puestos de comida y micheladas por supuesto no pueden faltar.
El resultado es un espectáculo único de luces, olores, sabores, sonidos, un espectáculo criticado por algunos por la contaminación que genera, sin saber que este tipo de tradiciones son las que mantienen al pueblo unido en contra de la devastación que los amenaza: la destrucción del bosque por manos de intereses de inmobiliarias.
Huitzizilapan y su carnaval son únicos como cada uno de los pueblos que conforman el país; su permanencia, con todo el
sincretismo que hoy en día lo conforma, se abre paso para permanecer, más allá del folclore que atrae a los visitantes, como una actividad identitaria y comunitaria auténtica.

Deja un comentario